Maestro del juego

De cómo Peter Dinklage conquistó ‘Game of Thrones’ siendo él mismo.

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Escrito por Brian Hiatt

Extraído de RS 109, junio 2012

Actualmente, para Peter Dinklage es muy bueno ser él mismo –tiene un bebé recién nacido, un matrimonio feliz, un trabajo envidiable en la serie Game of Thrones, todo ese asunto del extraño triunfo que resume bastante bien su carrera como actor. (Aunque él no acepta fácilmente esa última aserción: “¿Triunfó porque soy una cosa extraña?”). No hay por qué quejarse. Aunque Dinklage nunca se quejó mucho: Sus padres jamás cambiaron de sitio las cosas que tenían en los lugares más elevados de la casa; simplemente esperaban que él se acostumbrara a la situación, trepando de ser necesario, y esto es justamente lo que él ha hecho desde entonces. Sólo existe un aspecto sostenido y molesto: En la calle, Dinklage no puede esconderse. “No puedo ser anónimo”, dice, “a causa de mi tamaño” (para ser exactos: 1 metro con 33 cm). Los sombreros y las gafas para sol no funcionan; tampoco la barba salvaje, de hombre de los bosques, que todavía la semana pasada ostentaba. “Incluso cuando no lo reconocen”, dice su esposa, la directora teatral Erica Schmidt, “algunos creen que se trata de Wee Man, el personaje de Jackass, o bien piensan que es el tipo de In Bruges. El ataque es constante”. Antes de que Dinklage y su familia se mudaran de Manhattan a una zona rural del estado de Nueva York, la atención incesante –casi siempre agradable, a veces terriblemente agresiva– comenzaba a extenuarle.

A sus 42 años, Dinklake parece más cómodo con su persona que la mayoría de los humanos, independientemente de sus tamaños o formas: No camina, se pavonea. “Es verdad que ésa es justo su forma de ser”, dice Lena Headey, quien interpreta a su hermana, la malévola reina Cersei Lannister, en Game of Thrones, y quien lo conoce desde 2006. “Todo en él denota seguridad”. Pero mientras bebe un tarro de cerveza Guinness, Dinklage asegura que todo es pose. “Los contoneos son defensa”, dice. “Cuando la gente se da a la tarea de recordarte todo el tiempo quién eres –no es algo relacionado con la fama, sino con mi tamaño, la constante de mi vida desde pequeño– tienes dos opciones: Optas por encogerte en un rincón oscuro o te muestras orgulloso, como si trajeras una armadura. Puedes darle la vuelta a este asunto y utilizarlo antes de que los demás se aprovechen”.

Seguramente es intencional, pero Dinklage está casi citando fragmentos del ‘evangelio’ de Tyrion Lannister, el personaje que interpreta en Game of Thrones y que le ha valido nominaciones para un Emmy y un Golden Globe. Lannister es un perdedor maquiavélico y libertino: “Nunca olvides lo que eres”, dijo en la última temporada. “Porque el reso del mundo jamás lo hará. Utilízalo como si fuese tu armadura, para que los demás no utilicen tus deficiencias para dañarte”.

Para no ser más que un programa de televisión por cable que tiene lugar en un mundo imaginario de espadas y magia, y que exige que sepas distinguir entre las banderas y los linajes de lo que al parecer son decenas de casas reales (si ninguna conexión con la realidad), Game of Thrones se ha vuelto inesperadamente popular, con más de 4 millones de espectadores cada semana. El mismo Dinklage no sabe a qué atribuir semejante fenómeno: “No podría explicarte la popularidad de la serie”, dice. “Star Wars y The Lord of the Rings abordan los grandes mitos estudiados por Jospeh Campbell, los asuntos del bien y el mal. Nuestro programa es mucho más ambiguo. Es casi la antítesis de esos temas como si quisiéramos dar a entender que las cosas no son en blanco y negro”. Como cualquier otro personaje, Tyrion encarna precisamente esta ambigüedad moral, el renegado miembro de una familia rica y calculadora que ha desarrollado una especie de debilidad por los “bastardos, tullidos y las cosas rotas”. Y sus diálogos son, sin duda, los mejores. “Tyrion es un payaso con clase”, dice George R.R. Martin, creador de los libros en los que la serie se ha basado. “Su ingenio le ha granjeado la aceptación de los cabrones y de los deportistas presumidos, así como de los otros personajes dominantes que le rodean”.

Desde el principio, Dinklage abordó a Tyrion como si este personaje fuera “una versión mucho más arrogante de mí mismo” – pero parece que Tyrion ha tomado posesión de la cabeza del actor. “Lo interpreto desde hace un par de años”, dice suavemente. “Creo que su presencia en mi vida ha surtido efecto. Es muy triste cuando te toca interpretar un personaje que resulta ser mejor que tú. Supongo que los que han interpretado superhéroes entienden lo que digo –si tú no puedes volar, ¿de qué sirves? ¡Pobre George Reeves!”

De niño, Dinklage tuvo que someterse a una serie de dolorosas operaciones en las que la idea consistía en rasurarle los huesos, “un procedimiento común y corriente”, a fin de prevenir la acondroplasia, el problema genético que es causa de su enanismo. “No todos los enanos tienen que someterse a esta operación, pero si no te haces cargo, el asunto puede volver más adelante y joderte la vida. Puede generar escoliosis, arquearte las piernas y dificultar el paso”. Su padre, un vendedor, y su madre, una maestra de música, nunca hablaron mucho acerca del tamaño de su hijo: “Si hicieran una película de nuestra vida, cada escena incluiría una conversación. Pero en la vida real nunca lo hablamos. La vida no es como el cine. ¡Jamás hay conversaciones! Me parece que algo así sería digno de ser recordado, o quizá yo habría podido pensar: ‘Qué horror, se están poniendo raros, ¡fuera de mi vista!’”.

¿Le explicaron lo que le pasaba cuando era niño? Niega con la cabeza. “¿Qué era lo que tenían que explicar? No era necesario. Es como si intentaras explicar tus manos. Uno crece con ello, no es como si amanecieras así; no es una enfermedad. Una enfermedad o una herida deben ser explicadas, pero ¿qué sucede cuando algo forma parte de tu fisonomía?”. Hace una pausa. “Pero recuerdo un video filmado cuando participé en una obra de teatro, en la escuela”, prosigue, “justo cuando aparecía el formato VHS. Pensé: ‘Qué extraño, soy mucho más bajito que el resto de los chicos’. Eso me partió el corazón, hasta cierto punto”.

En su primer año de preparatoria, un maestro que supo ver su talento, decidió incluirlo en una obra de teatro irlandesa llamada Sharon’s Grave. “Fue la primera vez que desempeñé un papel creado para alguien de mi tamaño”, rememora. “Se trataba de una ruina humana a la que llevaban siempre sobre las espaldas de su hermano tonto, en una relación similar a la de la novela Of Mice and Men. Pensé: ‘Qué maravilla, en el mundo existen este tipo de cosas’. Más tarde decidí rehuir los papeles creados específicamente para los de mi tamaño”. Dinklage se matriculó en la Universidad de Bennington, en donde estudió arte dramático. Se sintió mejor ahí, pero comenzó a sufrir ataques de ansiedad. Era demasiado orgulloso, así que jamás buscó ayuda, y con el tiempo el pánico desapareció. “Tendría que haber ido con un psiquiatra”, dice. Sin embargo, sus años universitarios estuvieron llenos de actividades: “Fumé mucha marihuana, me desvelé, participé en una gran cantidad de obras y me enamoré de Pixies y Dinosaur Jr”. Este año, él pronunciará el discurso inaugural del semestre en su vieja escuela: “De Bennington han salido algunos de los mejores novelistas contemporáneos”, dice con una gran sonrisa. “¡Pero salgo en un programa de TV! Por eso me buscaron”.

Con su elegancia y sus cejas tupidas, Dinklage tiene la reputación de ser un rompecorazones –un tema que tuvo que confrontar por primera vez hace años, cuando promocionaba la cinta que lo catapultó al estrellato, la bizarra e independiente The Station Agent, de 2003. El asunto estaba en boca de todos. “Me comportaba como mis amigos: Bebes algunas cervezas, hablas con las chicas y pasas una buena noche. Mis amigos hacían eso y podían acostarse con medio mundo. Yo no tenía suerte, pero por alguna razón, el público comenzó a creer que yo era ‘el azote del pueblo’, y creo que eso sólo se debía a mi tamaño. Fue como mirar algo al revés. Me decía: ‘¿Quién se supone que soy? ¿El tipo de las orgías?’”.

De hecho, confiesa: “Socialmente yo era un desastre, sobre todo en lo referente a las relaciones con la otra mitad”. ¿Qué logró que cambiara? “Envejeces, te sientes más a gusto dentro de tu piel. A las mujeres les gusta la comodidad, les atrae el sentido del humor. Siempre pude hacerles reír, y eso me ha servido de mucho. Las mujeres, en general, no son tan superfluas como los hombres. O pueden serlo, pero pueden analizar las cosas con facilidad”.

Por otro lado, puede que él mismo se haya encargado de darle la vuelta a todo esto: “Pete flirtea todo el tiempo, y es sumamente exitoso en este plano”, dice Headey. “Cuando caminamos por la calle la gente le dice: ‘¡Ah, hola, Pete!’, y yo le pregunto: ‘¿Cuándo conociste a esas personas? ¿Qué has estado haciendo?’”. Y el co creador de Game of Thrones, David Benioff, recuerda cuando conoció a Dinklage en una cena, hace años: “Miré alrededor de la mesa y vi que cada una de las mujeres presentes, incluyendo a su esposa, escuchaba como hipnotizada cada una de las palabras que salían de su boca”.

 Sobra decirlo pero la propia esposa de Dinklage está consciente de este atractivo. “Últimamente, las chicas incluso han optado por lamerle el rostro”, dice Schmidt. “Pero lo frustrante del asunto es que Pete es un tipo realmente guapo, encantador y gracioso, pero en las revistas siempre preguntan lo mismo: ‘¿No es maravilloso que sea un tipo tan bajito y tan sexy?’. Bueno, pero así es Pete, y el resto del mundo tendrá que irse haciendo a la idea”.

Además del trabajo realizado en los escenarios y en la televisión, Dinklage ha participado en más de 30 películas, realizadas sin descanso a lo largo de una década. Le agrada aceptar ciertos papeles –como el del autor de libros infantiles en Elf– que se refieren a su estatura, pero que no explotan el hecho. Pero se siente orgulloso de papeles que desempeñó, tanto en la versión norteamericana como en la británica, de la farsa Death at a Funeral –que ciertamente no fueron creados con gente como él en mente.

Le gusta el (relativo) realismo del mundo de Game of Thrones –Tyrion, al menos, no ha tenido escenas con los dragones bebés generados por computadora que aparecieron al final de la primera temporada. “Esos dragones están bien”, dice. “Los conocí, son buenas personas. Les gusta la fiesta– cuando menos a uno de ellos. Siempre los confundo. Son como una totalidad. Uno es una mierda y el otro no hace más que pensar en fiestas”.

Algunos de los fans de los libros se sintieron consternados por un detalle atinente a la interpretación de Dinklage: El actor era demasiado guapo como para encarnar un personaje que el mismo Martin había descrito como ‘muy poco atractivo’. (Además, según Martin, Dinklage es demasiado alto).

“Esto es indicativo de un cierto progreso”, comenta el actor. “Me parece muy amable de su parte que algunos puedan decir cosas así. Si yo hubiera nacido hace 400 años, mi vida no sería igual. Había espectáculos de fenómenos y una discriminación espantosa. Los nazis nos asesinaron primero a nosotros –a los deformes. Así que sus comentarios me parecen una buena señal de nuestros tiempos”.

Dinklage no permite que su tamaño lo defina o limite –pero quizás a causa de este hecho, nadie puede negar que Dinklage es hoy una de las personas pequeñas más famosas y exitosas del mundo. Cuando ganó un Golden Globe, en enero, salió al escenario y utilizó el reflector como nunca antes lo había hecho: Le dijo al público que había estado pensando en “un caballero… su nombre es Matt Henderson”, y sugirió que los presentes buscaran su nombre en Google. Henderson es un enano inglés que acababa de ser golpeado por una especie de matón; un acto que sólo puede ser catalogado como un crimen por odio. Dinklage se sintió muy perturbado por las noticias sobre el incidente y le rogó a su esposa para que se pronunciara al respecto. “Creo que Pete está en una posición que quizá le permitiría fomentar un cambio en la percepción que la gente suele tener de los que son como él”, dice Schmidt. Más tarde, Dinklage se negó a aparecer en varios talk shows que lo habían invitado para debatir el caso Henderson (quien declaró ante la prensa que agradecía mucho el apoyo, pero que aún no había podido reunirse ni hablar con Dinklage).

“Quizá hace 20 años hubiera asistido a todos estos programas, y me hubiera desgañitado defendiendo el caso”, dice Dinklage. “Pero ahora me siento más en paz con el mundo; hice lo que tenía que hacer y dije lo que quería decir. Tengo un amigo que acostumbra decir que el mundo no necesita otro enano furioso”.

Independientemente de este momento tan poco característico, Dinklage no suele sentirse responsable de la gente de su tamaño. “Yo sólo quiero trabajar”, dice. Pero se muestra de acuerdo cuando le comento que el mismo Eddie Murphy fomentó ciertos avances en materia racial al interior de Hollywood, cuando decidió interpretar papeles pensados exclusivamente para actores blancos. A Dinklage le gustaría un desafío parecido, lo que permitiría un progreso mediante el solo empuje de su labor: “La idea es llegar a un nivel desde el que ya no tengas que predicar ni pontificar”.

Un poco antes, mientras paseábamos por el río Hudson, comenté que Tyrion se había convertido en un personaje heroico. Dinklage sólo hizo una mueca –semejante idea al parecer mancillaba la ambigüedad moral que justamente previene que Game of Thrones se convierta en otro Lord of the Rings.

Pero ahora, sentado bajo la luz del sol en una mesa, Dinklage reconsidera la idea. “Creo que sí es un gran héroe”, dice entre mordiscos y esbozando una sonrisa. “Y eso me agrada”.

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