Ray Manzarek, un texto de Lino Nava

El grupo sin bajista.

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Escuchar a un órgano Farfisa, Hammond o a un piano Rhodes a partir de los años sesenta, sonaba a Ray Manzarek, nombre sinónimo de psicodelia y parte medular de uno de los principales grupos provocadores para salir a bailar en una década liberadora. Pocos músicos en el mundo sentaron bases tan firmes en estilo y contundencia como el hombre detrás de los teclados en The Doors.

Durante esa época, el mundo se cobijó en las redondas frecuencias que los órganos aportaban. La historia del legendario Hammond nace de la necesidad de su inventor Laurens Hammond en 1934 de redimirse mediante la oración ante la culpa que sentía por haber contribuido a la Primera Guerra Mundial con algunas de sus invenciones como el control remoto. El éxito de su instrumento se debió a que sus reducidas dimensiones facilitaban su transporte a pequeñas iglesias, escuelas y hogares suburbanos para servicios religiosos y celebraciones; además, de sus cálidas cualidades sonoras que maravillaron a Ray desde muy joven.

El sonido de The Doors cambió al mundo, la química de cuatro estudiantes cultos de clase media sacudió a la sociedad entera en un momento vital. No es raro saber que casi todos los trendsetters musicales de la época incorporaran los sonidos de los teclados a sus discos a partir de los descarados festines iconoclastas de gente como Sly & The Family Stone y demás grupos. El timbre del Fender Rhodes Piano Bass marcó una gran diferencia entre los combos de rock existentes y el cuarteto californiano. ¿Un grupo sin bajista? Claro, un hombre orquesta tocando con una mano los bajos y con otra las melodías además de apoyar con algunos bajos extra tocados con los pies.

Es tema jugoso de conversación y del anecdotario rockero del Distrito Federal el concierto que The Doors ofreciera en junio de 1969 en un club de Insurgentes sur llamado El Forum, contratados por Mario Olmos, el hijo de un expresidente y los hermanos Castro (propietarios del lugar), según cuenta la leyenda urbana. Al lugar solo pudieron entrar algunos socialités afortunados que pagaron un excesivo cover de $200 pesos y tomaron limonada. El mismísimo Raúl Velasco escribió para la sección de espectáculos de El Heraldo: “La salud mental de los jóvenes mexicanos triunfó sobre la proyección sórdida y angustiosa de Morrison y The Doors”.

En una escena de rock dominada por carismáticos cantantes aunado a la actitud despreocupada, lúdica, romántica y poética, Manzarek mantuvo su elegancia y musicalidad. Siempre recordaremos con cariño al dueño del asiento más cool del rock, el ambidiestro que con una mano tocaba nuestra alma y con la otra quitaba, cual arte de magia, los brassieres de las muchachas.

Gracias, Ray, por enseñarnos que las luces no siempre apuntan a donde deben.

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