Vida sin en vivos

Quedarnos en casa nos mantiene a salvo. También nos cuesta la mejor experiencia comunitaria a la que un fan de la música tiene acceso: estar en un recinto o arena para un concierto.

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Escrito por Rob Sheffield

Todas las noches sueño con salir a escuchar música. Las bandas en mi sueños son terribles, pero siempre me entristezco cuando me despierto y se acaba. La otra noche soñé que estaba en un sótano de Brooklyn mirando una banda punk horrible llamada Bestie. La cantante posó en el suelo y leyó las palabras de su teléfono. Letra real: “Fetchin Bones sang Cabin Flounder/ Wish I lost her but I found her/ Now I want a quarter pounder”. Qué humillante pensar que esto es lo mejor que mi cerebro inconsciente puede invocar. Pero todavía extrañaba esa música cuando amaneció.

Cuando eres un apasionado de la música en una pandemia, buscas consuelo en las canciones que amas. Como siempre, la música es el refugio de la tormenta. Pero la música

también es la tormenta. Las canciones que amas pueden prometerte un refugio seguro, un poco de tranquilidad. Pero ya sabes que las canciones te arruinarán, devastarán tu corazón, te recordarán momentos ruidosos que no estás teniendo y lugares extraños en los que preferirías estar. Vivir con música en estos días puede ser una agonía total. ¿Viviendo sin ella? Simplemente imposible.

Soy el tipo de fan que vive para la música. Me levanto por la mañana y presiono “play” en la bocina portátil de camino a la cafetera. Mi 2020 fue sobre los próximos shows en vivo, el próximo nuevo artista favorito del que me iba a enamorar, el viejo favorito que iba a colarse en mi vida. Mis repisas están llenas de trozos de boletos y pulseras que uso como separadores de libros. Mi esposa gótica todavía tiene nuestras entradas para la gira de reunión de Bauhaus de este año, a pesar de que las probabilidades de que se haga este show son casi… sólo si apareciera Bela Lugosi.

Este es el tiempo más largo que he pasado entre shows en vivo desde que… ¿The Replacements se desintegrara? Voy a ver bandas cada vez que tengo oportunidad, vivo en Nueva York, donde hay muchas opciones. La música en vivo es como mido la próxima semana, mes, año de mi vida. Pero a mayor escala, los shows muestran cómo medimos la historia. Cuando te imaginas el pasado o el futuro, te imaginas lo que los músicos están haciendo en una habitación y quién aparece para escucharlos. Puedes definir cualquier punto en el arco de la historia humana por quién estaba en Fleetwood Mac en ese momento (y de quién era la cama de hotel que compartían). Entonces, ¿qué significa ser fan de la música en un momento en que no podemos reunirnos para celebrar, descubrir, experimentar?

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En estos días escucho álbumes nuevos fantásticos de Waxahatchee, Adult Mom, Moses Sumney, DaBaby, Protomartyr, e intento imaginar cuán geniales sonarán estas canciones en vivo, con una multitud de personas. En diciembre, vi a Harry Styles en Los Ángeles la noche en que salió Fine Line, la más popular y utópica de las celebraciones del mega pop. Al día siguiente, en el aeropuerto, al abordar mi avión a casa, todavía tenía confeti en mi cabello. Ahora guardo ese confeti en mi escritorio, brillando como si tuviera poderes mágicos.

Como todos los fans de la música, los deportes, las películas, cualquier tipo de ritual público que involucre a una multitud, sigo pensando en la Última Vez. Para mí, eso fue ver al trío punk de Filadelfia, Control Top, el 5 de marzo en Union Pool en Brooklyn. La cantante saltó a la gente y tumbó a una de sus amigas (la amiga era la cantante de Yohuna, yo tenía unas entradas para verla unas semanas después en Trans-Pecos). Rodaron por el suelo, gritando juntas al micrófono. Comí algo en el food truck de tacos que estaba entre las bandas, escribí un rato en mi cuaderno, salí para ver a unos amigos y discutir con el guitarrista sobre la discografía de Hüsker Dü. Le pregunté a la cantante sobre mi canción favorita, en la que siempre pienso que está gritando sobre “strange chickens” (realmente es “Straight Jackets”). Fue un glorioso jueves por la noche. Pero ahora se siente como un planeta diferente.

Incluso más que los grandes espectáculos, me encuentro extrañando los sencillos. Las noches en las que caminas, te encuentras con amigos, disfrutas de la música de la manera más transitoria, luego vas rumbo a casa, te paras a tomar un trago en el camino, tal vez olvides a la banda al día siguiente. Que lujo.

Podemos devorar las transmisiones en vivo y las reuniones de Zoom. O las increíbles sesiones semanales Fireside Sessions de Neil Young, donde toca sus canciones en el piano o la guitarra en el patio mientras cae la nieve. En cierto nivel, esto no es exactamente lo que pedimos. Es el equivalente musical de Ray Liotta al final de Goodfellas, ordenando sus espaguetis con marinara y comprando noodles de huevo con salsa de tomate, porque en estos días todos somos adictos al Programa de Protección de Testigos. Pero estamos muy agradecidos de conseguirlo.

Ministry le puso a uno de sus álbumes en vivo In Case You Didn’t Feel Like Showing Up –siempre me encanta el tono perverso de eso. Presentarse es de lo que se trata el show en vivo: vamos a ser parte de esa multitud. Comencé yendo a matinés hardcore de todas las edades en las tardes los fines de semana –ahí es donde comencé a aprender a manejar la presencia caótica de extraños, antes de ser lo suficientemente maduro como para aprender de otra manera. Todas las personas que solía odiar en los espectáculos, las extraño ahora. Sí, incluso tú, el imbécil que no puede apagar su maldito teléfono porque necesita grabar videos en todo momento. Aquí estoy ahora, escarbando por los residuos de YouTube y maldiciéndote por no obtener mejores videos (en serio, ¿nadie tiene el video de Stephen Malkmus cantando “Good Times Roll” de The Cars en la gira de Jicks de 2001? Díganme, sinceramente).

Sigo escuchando álbumes en vivo en estos días, sólo porque es terapéutico escuchar a la gente haciendo ruido. Estoy conociendo muy bien la gira de primavera de Grateful Dead de 1977.

Al igual que los Dead, Taylor Swift programó shows de estadios de verano que estarán esperando. Vuelvo a visitar el tembloroso video fan de Taylor y revivo la noche en que la vi por primera vez en la gira Red, de 2013. Cuando Taylor tocó los tambores en “Holy Ground”, el pequeño niño detrás de mí gritó: “Está rockeando, ¡Mamá! ¡Está rockendo!”. Pensaré en ese momento una vez a la semana por el resto de mi vida.

La música me mantiene vivo, me empuja al mundo. Escucho mixtapes de viejos amigos y playlists de los nuevos. Pasé una semana entera escuchando nada más que un Maxell C-90 con rarezas de Nikki Sudden que un amigo me hizo en 1987 (resulta que he estado subestimando “Wedding Hotel” todos estos años.) Escucho mi viejo y rasposo vinilo de Fairport Convention y saboreo su doom celta, mientras Richard Thompson y Sandy Denny cantan “Meet on the Ledge” (plaga, hambruna, pestilencia, el zumbido ambiental de la psique irlandesa). Pero cuando escucho música vieja, música nueva, música mala, sueño con la gente. Pequeñas multitudes en bares de mala calidad. Gigantescos estadios al sol. Cuevas hechas a mano. Pistas de baile relucientes. Salas de karaoke. Dondequiera que haya un grupo de fans de la música que puedan hablar sólo de shows en vivo.

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Recibo un sabor extraño de esa magia comunitaria todas las noches en Brooklyn, cuando todos en la ciudad aplauden a los trabajadores de emergencias. Mi esposa y yo planeamos nuestros días alrededor de ese momento a las 7 p.m. Escuchamos a nuestros vecinos invisibles hacer ruido. Aplaudimos. Los animamos. Alguien en nuestra cuadra parece tener un cencerro. La música en estos días puede ser demasiado dolorosa para escuchar, pero esa es una razón más para seguir escuchando. Las canciones nos mantienen aferrados. Las canciones nos recuerdan seguir saliendo de nuestras burbujas de aislamiento hacia el futuro. Las canciones nos dan vida. Las canciones también nos separan. Eso es lo que hacen las canciones.

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